LA MEMORIA DE LA HUMANIDAD: EL GÉNERO EPISTOLAR EN LA LITERATURA
Jhoana Alexandra Palacios Ulloa
Escribir es un acto para no perderse entre la información infinita, para no dejarse consumir con la inmediatez y para burlar la inevitable oscuridad del olvido. La escritura tiene origen en las percepciones, ideas y sentimientos del autor, no obstante, puede ir hacia dos direcciones: hacia adentro, es decir, de manera introspectiva, o hacia afuera, dirigiendo las palabras a un receptor. Entre las manifestaciones de esta segunda vía, surge el género epistolar. Este breve recorrido teórico entre la voz académica, poética y ensayística es solo una excusa para intentar describir aquella esencia tan particular de las cartas, no solamente como una forma de interacción o una fuente de información histórica, sino como un espacio donde encontrar y representar los más profundos sentires de la humanidad. Así también, este diálogo pretende poner al descubierto algunos aspectos del lector que atestigua la voz del autor, así como, finalmente, descubrir la insurgente voz epistolar en una actualidad que adormece los sentidos con su asfixiante ritmo frenético.
Ante un tema tan extenso resulta fundamental conocer qué campos de estudio se alimentan de la fuente epistolar. De acuerdo a Mestre (2002), es posible encontrar epistolarios en lo político, religioso, social y literario. Respecto a los tres primeros campos, el autor señala que los epistolarios contribuyen a conocer en profundidad el funcionamiento de las instituciones, permiten comprender las ansias religiosas, políticas, económicas o sociales que animaban a los estos personajes que resultan relevantes en la historia, así como sus preocupaciones más íntimas o sus aspiraciones más profundas. Asimismo, Pol Colás (2019), coincide en que este género enriquece el relato histórico y puede contribuir para abrir nuevas vías de investigación, pero resalta que existen los riesgos que entraña su utilización, por lo que es necesaria la crítica constante y la comparación con otro tipo de documentos.
Por otro lado, el énfasis de este ensayo consiste en el género epistolar como parte de la literatura. En este sentido, es importante definir y describir esta unidad que compone el género: la carta. Para tal cometido, se consultan los textos de Bastons (2002) y Ríos (2011), quienes permiten un acercamiento al concepto mediante el diálogo de catedráticos que dedicaron su vida estudio del género epistolar, entre ellos encontramos a Claudio Guillénlz, quien refiere que la carta es una bisagra entre la oralidad y la escritura, que exige alfabetismo, literariedad y poeticidad. Esta definición es un punto de partida, pero para generar una comprensión más clara, referimos al texto de Ríos, donde se encuentra descrita de la siguiente manera:
“(…) la carta es una forma de interacción social, que parte de una situación comunicativa muy especial: uno de los interlocutores no está presente. Se trata por tanto de una conversación retardada, pues el yo que escribe una carta espera, en la mayoría de los casos, una contestación. Y es que la carta presupone la existencia de una segunda persona, pero en la lejanía. Se trata de un nuevo tipo de relación entre persona y persona.”
(Álvarez, 1995:11, citado por Ríos, 2011).
La definición presente expresa que entre ambos interlocutores existe la intención comunicativa a fin de romper el silencio existente ante la distancia. Este diálogo frente a la ausencia del otro se caracteriza por la persistencia e intensidad de sentimientos, que pueden oscilar entre el amor o el resentimiento, de esta manera, para describir la unidad epistolar, es menester reiterar textualmente las palabras de López:
“La carta es la conversación de los ausentes, la negación de ese pozo sin fin que es la ausencia, la voluntad de persistir y permanecer en el límite humano.” (López, 1982, citado por Bastons, 2002)
Seguida a esta definición, añade: “hay que salvarlas siempre (…) pues el espíritu permanece en estos papeles frágiles e irrecuperables si se pierden.” Entonces, esta búsqueda conceptual no solamente es una descripción de la particularidad del texto epistolar, sino que conlleva una carga simbólica que prácticamente sugiere que las cartas pueden custodiar sentimientos, acontecimientos e ideas. En otras palabras, son un medio para tallar y vislumbrar parte del espíritu humano.
Entonces, de acuerdo a Bastons, se puede decir que una carta es una pequeña pieza literaria que tiene autor y narratario (también conocido como receptor). Ahora bien, siguiendo con esta idea, la carta tiene tres lectores: el propio autor, el narratario y los lectores anónimos contemporáneos del autor, de la carta y también lectores de tiempos presentes y futuros (2002). Haciendo énfasis en ese anonimato, es aquí donde el lector de este ensayo podrá encontrarse ante un texto epistolar, será un testigo de la historia, la vida y la intimidad de aquél o aquellos personajes con los que llegue a coincidir ¿qué es lo que le espera a ese intruso? Además de la riqueza documental, cualquier lector que se adentre a las profundidades de los epistolarios, también podrá descubrir que, al margen de su valor de creación, completan biografías, matizan cosas, descubren intimidades y en conjunto nos dan la medida de la calidad espiritual y humana de quien los escribe (Manent, citado por Bastons, 2002).
No obstante, más allá de la búsqueda en historias ajenas ¿se encuentra en el lector el deseo de ser narratario? Es aquí donde el ensayo encuentra sus limitaciones, debido a que tal pregunta resulta un misterio para quien escribe ahora, pero puede despertar un ápice de duda en quien interpreta estas palabras ¿cómo se sentirá la textura de una carta entre sus manos? ¿en qué momento la leerá? ¿dónde la guardará? ¿qué sentirá al verla después de años?, ¿sonreirá?, ¿llorará? o ¿la perderá? Ahora, surge la pregunta más importante ¿cómo hacer para recibir una carta, si tal acción depende totalmente del emisor? Ante esta cuestión, se sugieren dos alternativas: escribirse a uno mismo o escribir a su persona de confianza para dar paso a esta dinámica de correspondencia. Cualquiera sea el caso, se invita al destinatario a convertirse primero en emisor.
Para ser autor, Mestré menciona que hay aspectos múltiples que se deben atender: la persona a quien se dirige, el asunto de que se trata, la adecuación a las circunstancias concretas, dentro de una coherencia que abarque el conjunto. Por otro lado, Ríos (2011) resalta que la carta debe estar provista de un estilo retórico y una estructura. No obstante, Mayans comprendía los problemas para alcanzar la perfección en el género epistolar y no dudaba en confesar que nadie la había logrado, decía que nadie era perfecto y las deficiencias venían, o por la inutilidad de los argumentos, o los defectos de estilo. Visto de este modo, para escribir cartas tan solo se necesita tener una intensión, un destinatario y sentarse a dibujar letras en papel, ya sea para alabar, expresar gratitud, manifestar alegría, formular lamentaciones, consejos, recomendaciones, para convocar, exhortar, consolar, pedir un favor, exponer un juicio o insinuar un proyecto. (Mestre, 2000).
Finalmente, teniendo en cuenta la tendencia a la inmediatez a la que la sociedad está acostumbrada, es probable que la interacción epistolar sea efímera o desafiante, sin embargo ¿acaso la vida misma no es así?, las circunstancias cambian, los vínculos se fortalecen o se disuelven, la intensidad de lo amado, temido u odiado en un momento determinado también se transforma, y luego, la memoria se nubla, construye lagunas y después un pantano. Entonces, ¿no sería apremiante retratar en letras e interacciones lo que se vive ahora? Si se tiene en mente un corresponsal (el corresponsal puede ser también uno mismo), hay que escribir y hacer de la escritura algo cotidiano. Escribir como quien cocina, como quien abraza o enciende una hoguera, un caldo de letras para calentarse el corazón en una noche fría. A veces solo se necesita una palabra atravesando las pantallas, un pedazo de vida que rompa el espejismo y la cómoda costumbre de dejar las cosas para después, a veces escribir es el acto de amor más genuino que mantiene viva la memoria.
Referencias
Bastons, C. (2002). Polisemantismo y polimorfismo de la carta en su uso literario.
Mestre A, (2000). La carta: fuente de conocimiento histórico. REVISTA DE HISTORIA MODERNA Na 18 (pp. 13-26) Universitat de Valencia.
Pol Colás, (2019). La escritura epistolar como fuente y agente de la historia: el caso del caudillismo boliviano. Revista de estudios sociales y del territorio Fuegia, España. Volumen II - Número 1: 33 - 40
Ríos, A. (2011). LA EPISTOLOGRAFÍA: ROMA Y EL RENACIMIENTO. Revista Káñina, vol. XXXV, núm. 2, 2011, pp. 37-49 Universidad de Costa Rica.
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