El Espejismo del Agravio: La Subversión del Arte, la Cultura de la Víctima y la Urgencia del Pensamiento Crítico

Alvaro Daniel Yapura Castillo

A lo largo de mi vida y desde mi forma de ver el mundo, siempre he concebido al ser humano como alguien profundamente libre, capaz de crecer y, por encima de todo, dueño de sus propias decisiones. La psicología humanista en la que me apoyo confía ciegamente en nuestra capacidad para levantarnos tras una caída y encontrarle un sentido a la vida, sin importar lo dura que sea. Históricamente, el arte siempre estuvo ahí para reflejar esa fuerza: era el espejo de nuestros triunfos y de nuestra resiliencia.

Sin embargo, cuando observo lo que consumimos hoy en día como cultura de masas, no puedo evitar sentir una profunda preocupación, lo que veo es un adoctrinamiento sutil, silencioso, pero tremendamente destructivo. Parece que el arte y las nuevas formas de expresión cultural han sido secuestradas para instalar en nosotros un mensaje que nos paraliza. Hoy se romantiza ser la víctima, nos venden supuestos ideales de "liberación", pero que, en la práctica, hacen todo lo contrario: en lugar de emancipar al individuo, lo encadenan a una narrativa de resentimiento y culpabilidad, enseñándole a señalar con el dedo a cualquiera que se atreva a pensar distinto.

Si enciendes la pantalla o prestas atención a las narrativas modernas, es casi imposible no notarlo, llevamos décadas inmersos en una corriente "liberal" que insiste desesperadamente en buscar un culpable externo para todas nuestras frustraciones. El cine, la literatura, la música e incluso las artes visuales nos bombardean con un mensaje oculto (y a veces no tan oculto) que nos repite al oído: "Tú no tienes la culpa de lo que te pasa; eres simplemente la víctima de un sistema opresor que no te deja avanzar". Es un mensaje seductor, disfrazado de justicia social y vanguardia, pero en el fondo, no es más que una forma de manejo de masas basada en manipular nuestras emociones.

Como psicólogo, me asusta el impacto que esto tiene en la cabeza de las personas, Carl Rogers, uno de los grandes pilares de la psicología humanista, hablaba de algo llamado "locus de evaluación interno". En palabras simples, decía que una persona mentalmente sana es aquella que evalúa su vida bajo su propio criterio y toma las riendas de sus decisiones, pero la cultura actual hace exactamente lo opuesto: fomenta un "locus de control externo". Nos adoctrina para que tiremos la toalla y culpemos de nuestros fracasos al libre mercado, al capitalismo o a "la sociedad". Al hacer esto, nos roban nuestra agencia, nos están vendiendo la gran mentira de que rebelarse hoy significa quejarse, exigir que otros cambien y destruir lo que hay; en lugar de arremangarse, construir y prosperar dentro de un sistema que (nos guste o no, y con los datos sobre la mesa) nos ha dado los mayores niveles de calidad de vida de toda la historia humana.

El gran truco de este adoctrinamiento es que va directo a las emociones, apagando nuestra razón, nos exige empatía ciega hacia historias que muchas veces distorsionan la realidad, así el arte se ha vuelto una cámara de eco para utopías que en la vida real siempre han fracasado, pero que en la pantalla lucen heroicas. Nos han arrinconado en una falsa disyuntiva: si defiendes el sistema que nos da de comer, eres cruel e insensible; pero si aplaudes la idea de destruirlo todo, eres el pináculo de la moralidad.

Cuando pienso en cómo desarmar esta trampa, inevitablemente vuelvo a Viktor Frankl. Si alguien tenía motivos para sentirse víctima del "sistema", era él, un sobreviviente de los campos de concentración, sin embargo, en su Logoterapia, Frankl fue tajante: al ser humano le pueden quitar todo, menos la última de sus libertades, que es la actitud con la que decide enfrentar lo que le pasa. Frankl jamás promovió la psicología de la víctima, el nos enseñó que el sentido de la vida se encuentra en la respons-habilidad, es decir, en nuestra habilidad para responder ante la vida.

Lamentablemente, el adoctrinamiento estético actual le dice a los jóvenes todo lo contrario, les dice que no vale la pena intentarlo porque la partida ya está arreglada en su contra. Seamos honestos: eso no es liberación, es meter al espíritu humano en una jaula y venderle la llave como entretenimiento. Fomentar esta culpa sistémica no cura a nadie; solo está creando generaciones de personas ansiosas, deprimidas y dependientes de colectivos ideológicos que les dicen qué pensar y por qué ofenderse cada mañana.

Es aquí donde necesitamos, con urgencia, recuperar el pensamiento crítico. La psicología no puede vivir de espaldas a la realidad de los hechos. El psicólogo Jonathan Haidt lo explica de maravilla cuando advierte que estamos "mimando" la mente de las nuevas generaciones, les estamos enseñando a guiarse por el razonamiento emocional (es decir, "si yo siento que el sistema me oprime, entonces es una verdad absoluta"), en lugar de pedirles que busquen evidencias reales.

Si damos un paso atrás y miramos el mundo sin los filtros del dogma, descubrimos que este sistema de libertades individuales no es el monstruo que nos pintan, ¿Es imperfecto? por supuesto, pero es altamente perfectible y sobre todo, funciona. Ser crítico de verdad significa tener la valentía de ver los datos completos: la caída en picada de la pobreza extrema a nivel global, los avances médicos, la tecnología, la expansión de los derechos. Ignorar todo esto solo para mantener viva la novela de la "opresión sistémica" es profundamente deshonesto. Nos piden que cerremos los ojos ante la realidad para que podamos creer ciegamente en su ideología.

Y todo esto funciona tan bien porque se aprovechan de algo hermoso: nuestra compasión natural. Nos bombardean con imágenes de sufrimiento para convencernos de que la única forma de ser "buenos" es odiando las estructuras que nos han traído desarrollo. Pero una psicología madura entiende que la verdadera compasión no es armar un coro de quejas colectivas, la verdadera compasión es darle a la gente las herramientas, el carácter y la resiliencia para que puedan valerse por sí mismos en el mundo real.

Tenemos que dejar de perseguir fantasmas y de buscar culpables en un sistema que sí funciona, esta obsesión progresista con la "culpa sistémica" es un callejón sin salida que nos estanca. En lo personal, estoy convencido de que una persona solo florece realmente cuando se echa al hombro el peso de su propia vida; cuando acepta que el mundo exige esfuerzo y competencia, y cuando deja de sentarse a esperar que una revolución mágica venga a resolver sus problemas internos.

Utilizar el arte para adoctrinar a la gente en el victimismo es, sin duda, una de las peores trampas psicológicas de nuestra época, donde bajo el disfraz de "nueva cultura", nos están enseñando a ser indefensos. Frente a esto, no podemos resignarnos, necesitamos un retorno audaz al pensamiento crítico y a la evidencia. Necesitamos reclamar un arte que vuelva a celebrar lo mejor de nosotros: nuestra capacidad de triunfo, el mérito y la inmensa belleza de hacernos responsables de nosotros mismos. Solo así el arte dejará de ser una herramienta de manipulación para volver a ser lo que siempre debió ser: el testimonio más elevado de nuestra libertad, de nuestra razón y de nuestra fuerza indomable para construir nuestro propio destino.

Referencias Bibliográficas

• Frankl, V. E. (2004). El hombre en busca de sentido. Herder Editorial. (Obra original publicada en 1946).

• Haidt, J., & Lukianoff, G. (2018). La transformación de la mente moderna: Cómo las buenas intenciones y las malas ideas están condenando a una generación al fracaso (Trad. M. L. Rodríguez). Editorial Deusto.

• Rogers, C. R. (1961). El proceso de convertirse en persona: Mi técnica terapéutica (Trad. L. Rosenthal). Ediciones Paidós.

Publicar un comentario

advertise
advertise
advertise
advertise