“Somos también bolivianas”: mujeres, patriotismo y ciudadanía en la Guerra del Chaco (1932-1935)
Mayte Silvana Calamani
Introducción
La Guerra del Chaco (1932-1935) constituye uno de los episodios más dolorosos y transformadores de la historia de Bolivia. Más de 65.000 hombres perdieron la vida en los ardientes arenales chaqueños, dejando tras de sí una nación desolada y una generación entera marcada por el sufrimiento (Durán & Seoane, 1997).
La historia tradicional ha centrado su atención en los grandes generales, las batallas épicas y las estrategias militares que definieron el conflicto. Sin embargo, existe una historia paralela, igualmente heroica pero frecuentemente invisibilizada: la de las mujeres bolivianas que, desde la retaguardia y el frente mismo, sostuvieron el esfuerzo bélico y, en ese proceso, redefinieron su lugar en la sociedad.
Lejos de ser meras espectadoras, las mujeres de Bolivia se convirtieron en protagonistas activas de la contienda. Como lo expresó Laura Graciela de la Rosa Torres en 1934, al solicitar permiso para llegar hasta las líneas más avanzadas del frente: “Replicamos: nosotras somos también bolivianas y estamos dispuestas también a sacrificarnos por la patria” (Álvarez, 2017, p. 6). Esta declaración no fue un simple gesto patriótico; constituyó un verdadero reclamo de ciudadanía en un contexto donde las mujeres carecían de derechos políticos y civiles plenos.
En efecto, la Guerra del Chaco actuó como un poderoso catalizador que permitió a las mujeres bolivianas acceder masivamente al espacio público, al mercado laboral y a nuevas formas de organización, impulsando un feminismo revitalizado que, tras el conflicto, exigiría con renovada fuerza el reconocimiento de sus derechos (Álvarez, 2022).
El presente ensayo tiene como objetivo narrar, desde una perspectiva histórica centrada en Bolivia, cómo las mujeres de esta nación madres, esposas, hijas, enfermeras, madrinas de guerra, espías, religiosas y trabajadoras participaron activamente en la Guerra del Chaco y cómo esta participación transformó su identidad y su relación con la patria. A través de sus historias, se evidencia que la guerra no solo fue un escenario de destrucción, sino también un espacio de creación de nuevas subjetividades femeninas y de un incipiente pero firme reclamo de ciudadanía.
Desarrollo
Cuando estalló el conflicto en junio de 1932, las mujeres bolivianas no dudaron en responder al llamado patriótico. Incluso antes de que las hostilidades se intensificaran, el ataque al fortín Vanguardia en diciembre de 1928 había generado manifestaciones masivas en las calles de La Paz, donde las mujeres llegaron a la plaza Murillo con banderas tricolores y cánticos contra el “invasor” (Álvarez, 2022).
Una vez iniciada la guerra, las organizaciones femeninas que inicialmente se habían pronunciado contra el armamentismo como la Asociación Cristiana Femenina o el Ateneo Femenino dejaron de lado sus posiciones pacifistas y se lanzaron al esfuerzo de guerra (Durán & Seoane, 1997).
Esta movilización adquirió formas institucionales muy diversas en todo el territorio boliviano. En julio de 1932, Bethzabe Iturralde recibió autorización del Ministerio de Guerra y Colonización para organizar a nivel nacional la agrupación “Madrinas de Guerra” (Dubravcic ,2017).
La institución estableció filiales en todo el país: en Sucre, presidida por Clotilde Urioste de Argandoña; en Santa Cruz, bajo la dirección de Adriana de Peredo; en Oruro, con una destacada labor de apoyo a las familias de los movilizados; y en Tarija, donde Bertha Perou de Paz solicitó formalmente la creación de una filial (Aruquipa,2024). Incluso en comunidades rurales como Achacachi, Sorata y Sica Sica, las mujeres organizaron comités de ayuda, demostrando que el fervor patriótico no era exclusivo de las ciudades (, 2024).
El programa de las Madrinas de Guerra establecía que estas mujeres debían enviar cartas de aliento, paquetes con cigarrillos, coca y alimentos, y velar por las familias de los soldados (Aruquipa, 2024).
La costumbre de obsequiar un escapulario con imágenes santas, conocido como “detente”, que los soldados cosían en el bolsillo interior de sus chaquetas como amuleto, reflejaba el profundo vínculo espiritual y emocional que se establecía entre la madrina y su ahijado (Dubravcic Luksic, 2017).
Las despedidas de los regimientos se convirtieron en actos solemnes en todo el país: en La Paz, la señorita Yolanda Bedregal, comisionada de la institución, entregó un estandarte bordado al Regimiento Illimani; en Cochabamba, las socias de la Juventud Católica Femenina confeccionaron un estandarte de guerra para los soldados que partían (Aruquipa , 2024).
La correspondencia entre madrinas y soldados revela la profundidad de estos vínculos. El soldado boliviano Aurelio Fernández Vargas escribía desde el Chaco: “Madrina: en poco tiempo más, mi regimiento empezará con su cometido dentro de nuestra Historia, ya que por nuestras venas corre sangre fría y serena” (Aruquipa , 2024, p. 53). Por su parte, el teniente de aviación boliviano José A. expresaba a su madrina: “Si no fuera por sus cartas y las de mi casita… la vida sería muy pesada aquí” (Aruquipa , 2024, p. 142).
Las madrinas no solo sostenían la moral de los combatientes, sino que también se convertían en intermediarias entre el frente y el hogar, escribiendo y leyendo cartas para las familias analfabetas, visitando a los familiares y, en los casos más trágicos, comunicando la muerte de los soldados (Durán & Seoane, 1997).
Si las madrinas de guerra encarnaban el lazo afectivo entre la retaguardia y el frente, las enfermeras bolivianas fueron quienes experimentaron de manera más cruda la violencia del conflicto. La Cruz Roja Boliviana jugó un papel fundamental, organizando el primer cuerpo de enfermeras que partió a la zona de operaciones en julio de 1932 (Álvarez, 2022).
En Villazón, la señora Laura Rodríguez de Flores, educada en Francia y voluntaria de la Cruz Roja durante la Primera Guerra Mundial, reunió a las mujeres de la región, las entrenó en servicios de enfermería y creó un hospital de sangre en el local de la escuela “Cornelio Saavedra” (Dubravcic Luksic, 2017).
En la línea de fuego, estas mujeres bolivianas enfrentaron escenas dantescas. Juana Mendoza Pedraza, natural de Roboré, que se enroló junto a sus amigas Pablita, Estefanía y Margarita, recordaba: “Llegamos al Fortín Ravelo […] y vimos, piernas y brazos desprendidos de sus cuerpos, hombres que agonizaban y gemían de dolor” (Dubravcic Luksic, 2017).
A los seis meses, fueron trasladadas al Fortín Pozo del Tigre, donde realizaron su labor en pleno frente de batalla, recogiendo a los heridos con los camilleros sin “importarles los disparos” (Dubravcic Luksic, 2017).
Alicia Cosío, una de las primeras enfermeras en partir al Chaco, relataba: “He visto tanto, me hallo aún bajo la impresión del estampido de los cañones aquí un herido que con voz dolorida me pedía que le ayudara a rezar, allá un soldado que me confiaba sus últimos encargos” (Dubravcic Luksic, 2017).
El reconocimiento a estas mujeres llegó después de la guerra. Sor Ana Bernardetta Soria Galvarro, de las Hermanas de Santa Ana, recibió la prestigiosa Medalla “Florencia Nightingale”, premio internacional otorgado a la mejor enfermera (Dubravcic Luksic, 2017).
La participación femenina boliviana también se extendió al ámbito del espionaje. En 1934, el Servicio Secreto Boliviano organizó la “Operación Rosita”. La cruceña Rosa Aponte, quien trabajaba en el Parlamento antes de ser entrenada, junto a las damas Adela Bello y Elvira Llosa, formó parte de un grupo de inteligencia que logró desarticular una red de espías enemigos que operaba en territorio boliviano (Durán & Seoane, 1997; Dubravcic Luksic, 2017).
Las religiosas bolivianas también jugaron un papel fundamental. Las Hermanas de Santa Ana brindaron sus servicios a la Sanidad Militar y a la Cruz Roja. Una comunicación telegráfica enviada desde Sucre puso a disposición del gobierno a 60 hermanas, una actitud valerosa que fue motivo de elogios por la prensa escrita (Dubravcic Luksic, 2017).
La Madre Nazaria Ignacia March y Mesa, fundadora de las Misioneras Cruzadas de la Iglesia, dispuso que las religiosas de la congregación realizaran funciones de enfermería en los centros donde atendían a los heridos y enfermos. Ante las epidemias que surgían en el lugar de combate, la Madre Nazaria Ignacia abrió el primer banco de sangre en el hospital de Potosí y, tras la guerra, fundó el Asilo de los Huérfanos de Guerra para atender a los niños que habían perdido a sus padres en el conflicto (Dubravcic Luksic, 2017).
No todas las voces femeninas bolivianas, sin embargo, apoyaron la guerra. La escritora Martha Mendoza, hija del connotado político y escritor boliviano Jaime Mendoza, publicó artículos donde aseguraba que la “guerra era una maldición que devoraba ingentes caudales, absorbía la sangre de la juventud y que sólo acarrearía mayores calamidades a la Patria” (Durán & Seoane, 1997, p. 191).
En 1935, el Ateneo Femenino convocó a un concurso literario donde el poema “Canto al soldado desconocido”, escrito bajo el seudónimo “madrina de guerra” por Martha Mendoza, ganó el primer premio, reflejando el sufrimiento de las familias bolivianas y el anhelo de paz (Dubravcic Luksic, 2017).
El impacto de la Guerra del Chaco trascendió el ámbito militar para transformar profundamente la condición de las mujeres bolivianas. La movilización de alrededor de 50.000 hombres dejó vacíos en la administración pública, el comercio y la industria, que fueron cubiertos por mujeres (Dubravcic Luksic, 2017).
Muchas de ellas, especialmente de clases medias y altas que jamás habían trabajado antes, se vieron obligadas a ingresar al mercado laboral como secretarias, dactilógrafas, enfermeras y funcionarias públicas (Álvarez, 2022).
En Uyuni, las mujeres se organizaron en la agrupación “Pro titanes del Chaco” y en la “Liga patriótica de señoras”, saliendo a las calles a recolectar dinero y vituallas, cosiendo pequeñas talegas con porciones de “phasankalla”, coca y cigarrillos, y colocando en cada una una hoja impresa con palabras de aliento: “viva Bolivia, valor en el combate, la Patria les agradecerá siempre” (Dubravcic Luksic, 2017).
La prensa de la época reconocía este cambio: “Las mujeres están llevando una labor cuya magnitud no es posible todavía medir; esta poderosa fuerza espiritual que parte el alma de las mujeres bolivianas sea también el arma formidable e incruenta de la defensa” (Dubravcic Luksic, 2017).
Este ingreso masivo al espacio público impulsó un nuevo feminismo boliviano bien conectado con las corrientes continentales. El Comité de Acción Feminista, fundado entre 1933 y 1934 y dirigido por Zoila Viganó Castañón, inició una intensa campaña por los derechos civiles y políticos.
En un artículo titulado “¿Por qué las mujeres exigimos nuestros derechos?”, Viganó argumentaba: “El pasado conflicto de la guerra del Chaco ha venido a constatar la importancia de su función como elemento positivo dentro de las actividades materiales e intelectuales que se le ha confiado durante la campaña” (Álvarez, 2022, p. 23).
Las feministas bolivianas insistían en que si las mujeres habían demostrado su capacidad para reemplazar a los hombres en el trabajo y habían contribuido al esfuerzo bélico, era de “estricta justicia” otorgarles el derecho al sufragio (Álvarez, 2022, p. 18).
Al final de la guerra, las mujeres bolivianas fueron condecoradas y reconocidas por la sociedad.
En 1934, el General Enrique Peñaranda, Comandante en Jefe del Ejército boliviano, condecoró con la Medalla de Guerra a cinco religiosas de las Hijas de Santa Ana (Dubravcic Luksic, 2017).
Ana Rosa Tornero, periodista y feminista boliviana, recibió la condecoración de la orden militar en el grado de Caballero por sus visitas al Chaco y su labor como enfermera (Álvarez, 2022).
Sin embargo, este reconocimiento no estuvo exento de contradicciones. Una vez terminado el conflicto, el gobierno boliviano dictó un decreto que establecía “el derecho de preferencia de los ex-combatientes para que ocupen cargos públicos”, lo que llevó a la destitución de muchas mujeres de sus puestos de trabajo (Álvarez, 2022, p. 23).
A pesar de ello, las mujeres no estaban dispuestas a retroceder: algunas desafiaron a los ex-combatientes que las habían sustituido, pidiendo que se realice un examen público de competencias (Álvarez, 2022).
Conclusión
La Guerra del Chaco fue, sin duda, uno de los episodios más trágicos de la historia de Bolivia, pero también uno de los más transformadores. En medio del horror de las trincheras, la sed, el hambre y la muerte, las mujeres bolivianas encontraron un espacio para redefinir su lugar en la sociedad.
Desde las madrinas de guerra que sostuvieron la moral de los soldados con cartas y escapularios, pasando por las enfermeras que curaron heridas y consolaron a los moribundos en los hospitales de sangre, hasta las espías que arriesgaron sus vidas en operaciones secretas, las mujeres de Bolivia demostraron que también eran capaces de sacrificarse por la patria, tal como lo había proclamado Laura Graciela de la Rosa Torres.
Pero más allá del heroísmo individual, la guerra actuó como un catalizador colectivo para la nación boliviana. Mientras sus esposos, hijos y hermanos se enfrentaban a la muerte en el Chaco, las mujeres asumieron el rol de jefas de hogar, sosteniendo económicamente a sus familias con un trabajo que antes les había sido vedado.
Muchas de ellas, que nunca habían salido del espacio doméstico, se convirtieron en secretarias, dactilógrafas, enfermeras, funcionarias públicas y obreras, demostrando no solo su capacidad, sino también su resiliencia ante la adversidad (Dubravcic, 2017).
Este ingreso masivo al espacio público y al mercado laboral no fue un fenómeno pasajero. Sentó las bases para que, al finalizar la contienda, el feminismo boliviano emergiera con una fuerza renovada y con un argumento irrefutable: si las mujeres habían sido capaces de sostener la economía del país durante los tres años más críticos de su historia, si habían trabajado codo a codo con los hombres en las oficinas, las fábricas y los hospitales, si habían asumido la responsabilidad de mantener sus hogares mientras sus esposos e hijos morían en el frente, entonces nada justificaba seguir negándoles los derechos civiles y políticos (Álvarez, 2022).
Como lo expresó Zoila Viganó Castañón, líder del Comité de Acción Feminista, era de “estricta justicia” otorgarles el derecho al sufragio, porque habían demostrado ser ciudadanas de hecho antes de serlo de derecho (citada en Álvarez, 2022, p. 18).
La lucha por el voto femenino, que cobró un nuevo impulso en los años posteriores al conflicto, no fue sino la continuación de aquel reclamo iniciado por las mujeres que, como Laura Graciela de la Rosa Torres, se atrevieron a decir “somos también bolivianas” en medio del fragor de la guerra.
Su sacrificio no fue en vano. La pregunta del excombatiente boliviano Víctor Velásquez Oblitas, citada por Mejillones (2017): “¿Alguien nos recordará? ¿Alguien honrará nuestro sacrificio?” resuena también para las mujeres que, como las madrinas, enfermeras, religiosas y espías, dieron todo por la patria.
La respuesta, como se evidencia en las transformaciones sociales y políticas que siguieron, en la conquista del derecho al sufragio, en la apertura de espacios laborales que antes les eran negados. La Guerra del Chaco no solo forjó una nueva generación de soldados bolivianos, sino que también alumbró a una nueva generación de mujeres bolivianas: más independientes, más organizadas y conscientes de su valor como ciudadanas.
Ellas, con su sacrificio, su trabajo incansable y su lucha por la igualdad, contribuyeron a construir una Bolivia que, aunque herida por la guerra, comenzaba a vislumbrar un futuro más inclusivo y justo. Su legado perdura en cada mujer boliviana que, desde entonces, ha podido votar, trabajar, claro que actualmente seguimos luchando por equidad en Bolivia que aún falta un largo camino para seguir.
Bibliografía
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Dubravcic Luksic, A. (s.f.). Rostro de mujer en la Guerra del Chaco. Recuperado de http://www.revistamedica.8m.net/GuerraChaco/mujer.htm
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Velasco Maldonado, O., Rodríguez Sejas, M., Porcel Ángulo, L., & Rodríguez Portocarrero. (2014). Las mujeres en la Guerra del Chaco. La Opinión. https://www.opinion.com.bo/articulo/tendencias/las-mujeres-en-la-guerra-del-chaco/20140615193200667156.html
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