C4: PICOR
Por: Vale Veliz
Tengo esto en mi cabeza, no sé cómo llamarlo, en realidad lleva bastante tiempo incomodándome y no hay forma de quitarlo, fuera de lo que de por sí ya está en mi sien, es algo más, una picazón constante que nunca se detiene, me he rascado tantas veces y cada una de esas he intentado solucionarlo de distintas formas, pero no encontré manera de resolverlo.
He intentado consultar con varios doctores para saber qué es lo que sucede en realidad, aunque solo escuché las mismas respuestas, extrañamente las mismas palabras en las que nunca parece ser nada importante o algo de lo que tenga que preocuparme, no importa quién sea y cuán lejos esté el consultorio, si son dermatólogos, neurólogos o psiquiatras, cada uno de ellos fue un intento fallido, un desperdicio de tiempo que me hizo perder la cuenta de a cuántos visité y cuánto dinero gasté.
Solo hay cierta normalidad en mi vida en lo que son mis horarios, me levanto a trabajar en ocasiones hasta en fines de semana, ayudo a mis padres enfermos a recibir tratamiento de fisioterapia y llevo a mi perro a pasear.
Pero en todas ellas el escozor jamás se detuvo, es constante, inevitable, poco después del rechazo de tantos y tantos doctores, intenté hasta con curaciones alternativas, la acupuntura, masajes capilares y varios tipos de hierbas medicinales, y aun así es la misma nada.
El momento en el que toda esta tortura comenzó está tatuado en mis recuerdos y es una de las pocas cosas que recuerdo bien y, si soy sincero, es imposible no recordar el día en el que desperté con una cabeza de cerdo en lugar de una cabeza normal.
Para el resto del mundo parece no ser importante o al menos prefieren ignorarme, lo cual no entiendo; sin embargo, pese a las dudas y las preguntas que tuve múltiples veces nunca encontré respuesta. Al salir del hospital se lo pregunté a mi padre y a mi tía, que eran los que me llevaron a mi casa después de recibir el alta médica, pero su silencio fue una respuesta inconsciente, pues durante el viaje en auto pude notar que el rostro de mi padre se encontraba con ojeras pronunciadas que acompañaban a sus ojos llorosos; mi padre se veía destruido, desconcertado y cuando me hablaba parecía bastante enojado, lo cual compartía con mi tía: estaba furiosa y casi me miraba con asco, como si se tratase de un insecto.
Las preguntas ese día se convirtieron en súplicas después de querer ver a mi madre y recibir un no rotundo por parte de mi padre. Con el tiempo llamaba a su casa cuando solo estaba ella, aunque no había respuesta; solo escuchaba sus sollozos durante un par de minutos.
La volví a ver un mes más tarde cuando llegó a mi casa un fin de semana con una tarta de chocolate; era como si intentase recuperar algo, me trató como un niño y solo durante esa tarde pude dejar de sentirme ignorado. Hablamos y comimos lo que trajo para después despedirnos en cuanto pregunté de nuevo.
Y así el tiempo transcurrió, siempre solitario. El perdón que obtuve de mis padres lo cuasi recuperé con el tiempo y en esa eventualidad dejé de preguntar para no molestarlos, aun cuando la duda me carcomía la cabeza.
Pero ellos fueron los únicos que se acercaron; mi familia nunca más se puso en contacto conmigo y, en lo que respecta a compañeros y amigos, fui tan solo un fantasma, un desconocido y hasta en ocasiones la misma nada.
De forma dolorosa me acostumbré y mi rutina se replicaba con normalidad. Aquella tarde regresé de un día agotador, tiré mi maleta y zapatos cerca del aparador del ingreso y, con algunos pasos, ingresé a mi habitación. La paz de recostarme y descansar me duró poco, pues la picazón fue sustituida por una punzada demasiado fuerte tan solo al apoyar mi cabeza en las almohadas. Tocar la zona se convierte en el primer instinto, pero cuando llego a la curva de mi nuca siento un bulto que no había notado, seguido por un pequeño hueco húmedo con algo alargado estremeciéndose entre la yema de mis dedos y las puntadas que tengo en mi cabeza.
Jalo de él para ver si es tan solo un hilo quirúrgico que quedó suelto, pero cuando terminé de sacarlo y lo observé, entendí mejor los movimientos que ignoré: un gusano alargado que intentaba escapar se encontraba en mi mano.
Me quedo paralizado solo un segundo para después colocarlo en la mesa de noche y llevar ambas manos nuevamente al lugar de origen de aquel insecto. No me toma mucho tiempo encontrar más de esas cosas intentando salir; sus colores varían bastante, de un beige a un morado oscuro, pero de forma inconsciente siento que es a causa de lo que fueron consumiendo de mí.
Es casi impulsivo tomar esas cosas y sacarlas me toma bastante tiempo. Adolorido, me enderezo dejando lo último que pude agarrar después de un frenesí en el que intenté librar la zona de esos parásitos. Poco después vi por accidente el reloj en la pared que anunciaba dos horas gastadas de mi tiempo en la atrocidad que tenía en la cabeza.
Cobro más conciencia de lo que debo hacer, así que termino vaciando una lata con fotografías y recuerdos de mi vida para colocar ahí a los gusanos con la esperanza de mostrarlos a algún doctor que quiera verlos, asumiendo también que puede que no estén muy dispuestos a entender.
Una vez pasado el tormento continúo con lo que debo hacer. Me recuesto en mi cama temprano para despertar y empezar así otro día; fuera de todo lo que hice y me ocurrió, la vida sigue.
Al despertar cubro la lata en un intento por no ver qué se encuentra ahí y, con ese paso añadido, me preparo y sigo mi rutina. No hay mucho que pueda hacer y por mucho que sienta y me moleste esta situación estoy en una encrucijada en la que todo lo que haga es insulso. Es absurdo rendirse tan rápido, pero cuando pierdes el control de la situación lo único por lo que puedes optar es continuar.
Llegar al trabajo se siente fugaz, demasiado breve y extraño, y el camino a mi escritorio se convierte en lo opuesto. Sin saber muy bien qué más hacer, llego por fin a mi escritorio, en el cual permanece un papel pequeño, casi impoluto, excepto por una oración corta y delicada pero contundente.
«Te espero en el cementerio para regresarte tus secretos».
Toda concentración y energía que me había encargado de guardar durante la noche había sido consumida por ese papel; leerlo era una cosa, pero comprenderlo fue otra completamente distinta. No había especificación del lugar, la hora y mucho menos el remitente. Estar con la duda no me permitió concentrarme, así como también enterarme de que nadie había visto nada me mantuvo inquieto.
Incluso hablar con el guardia de seguridad para ver las cámaras terminó en un tono agresivo de su parte, mencionando que si no tenía una orden de algún superior o de un abogado podía quejarme cuanto quisiera.
Por cómo iban las cosas comenzaba a considerar ir; no tenía nada que perder. Por otro lado, sentía que no podía caer en algo así cuando mi edad no era la de un niño: no podía ser tan ingenuo. El piloto automático hizo que de forma pobre cumpliera con todo lo que debía hacer; al final del día permanecí de la misma forma en la que había empezado esta situación.
Decidí dejar pasar algunos días para encontrar solución; hallar el lugar no fue muy difícil, ya que estaba a algunas cuadras del edificio en el que vivía. Ahora solo tenía que saber quién había dejado el mensaje.
Fui cambiando el lugar por el que solía caminar al regresar a mi casa. No fue hasta el tercer día en el que, en el portón del cementerio, una señora pequeña de no menos de 30 años caminó hacia mí y me habló.
—Pobrecito —exclamó con tono burlón—, debes sentirte muy desesperado.
—Disculpe, ¿se dirige a mí? —interrogué dudoso.
—¿A quién más podría hablarle? No hay nadie que haya pasado por aquí todos estos días —dice tomándome del brazo para hacerme caminar esperando que le siga el paso. Me resisto en el ingreso, pero un grupo de personas llega a empujarme y ayudar al débil agarre de la señora; no logro verlos y por mucha resistencia que pongo solo termina llevándome por uno de los muchos pasillos que hay.
Se detiene a unos pasos de un ataúd abierto; la tierra fresca, como si hubiese sido cavada recién, hace que el temblor invada mi cuerpo mientras pienso en qué va a pasar conmigo cuando esté dentro: la tierra llenando mi boca en cada grito, mi piel, órganos y huesos siendo comprimidos por el peso y, con el paso de los días, más larvas y parásitos en mi cuerpo.
—¿No te sucedió nada y ya estás sufriendo? Creí que serías más valiente, al igual que lo fuiste cuando abusaste de mi hija; incluso actuaste altanero cuando te dije que me vengaría —bromeó y se carcajeó—. Ahí está, esa es la cosa que querías: tu cabeza está ahí. Quiero decir, no fue fácil hacer este proceso de castigo; se aplican pocos porque es bastante nuevo, pero cuando supieron que la víctima era una menor, accedieron con más facilidad. Aunque debo decir también que tuve que pagarles a algunas personas, pero nada que no fuese imposible.
Me soltaron cuando se quedó en silencio. Comprender lo que sucedía me estaba siendo imposible por el dolor que estaba sintiendo en las costuras, como si esas personas lo provocasen. Caminar un poco más y ver una cabeza cercenada con un corte quirúrgico fue mucho más doloroso ahora de lo que me imaginaba; me balanceé, pero nadie me sujetó. Me había orinado en los pantalones, pero nadie me ayudó, y me dejaron solo procesando lo que hice y lo que me pasó.
Publicar un comentario