C3: La Magia de mi Ekeko
Por: Saeth Lopez
Soy Rosa Gutiérrez, tengo 58 años, una hija llamada Miriam y mi esposo Alberto, y hoy les contaré mi historia: una historia de amor, pero no cualquier amor, sino un amor único y místico.
Hace años atrás, un 24 de enero, visitaba junto a mi familia la feria de las Alasitas. Toda mi familia siempre fue muy creyente de nuestras tradiciones; sin embargo, al pasar al lado de un puesto lleno de miniaturas me cautivó un hombre gordito y lleno de abundancia, del cual decían que, si lo consentías lo suficiente, tal vez cumpliría tus sueños. Así fue que compré mi Ekeko, a pesar de que mi hija y mi esposo no lo vieran necesario.
Ya teniendo a quién pedir mis deseos, en especial mi casa por la que tanto soñaba desde que me casé con mi esposo, le hice un pequeño altar al hombrecito al lado de mi velador para que estuviera feliz y cómodo. Además, seguí al pie de la letra las instrucciones que me dio la casera: darle sus dulces o una gaseosa cada martes y viernes, al igual que sus cigarros. En esto debía ser cuidadosa y juiciosa, pues dependía de si el Ekeko se terminaba el cigarro para saber si estaba contento o no con la ofrenda.
Así comencé a darle su primera ofrenda. Lo primero que le pedí fue que doña Berta me aumentara el sueldo a mil bolivianos. Yo trabajaba en su pensión haciendo la comida y eso de madrugar a las cinco de la mañana, con mi edad, era cada vez más difícil. Además, en mi casa siempre había gastos: la universidad de mi hija, la comida, la ropa… en fin, nunca me alcanzaba la plata para mis gustitos. Pasaron los días de ofrendas y, sin desesperarme, después de un mes se cumplió mi deseo. No podía creerlo: sí funcionaba.
Poco a poco sentía que este ente me pedía más. Sentía una presión sobre mi cuerpo, una energía oscura que me llevaba a querer darle ofrendas más elaboradas. Supuse que era porque yo pedía deseos más ambiciosos. Uno de ellos fue que mi esposo consiguiera trabajo en uno de los galpones de El Alto, pues todos sabían que ahí se ganaba bien. Era justo lo que necesitaba la familia. Sin embargo, no le tomé atención a ese sexto sentido, pues cada vez mi esposo traía más dinero a la casa y eso me gustaba.
Un día martes, cuando mi esposo seguía en su trabajo y mi hija seguramente en la universidad o con su chico, mi madre llegó a mi casa. Hacía tiempo que no me visitaba, pero cuando lo hacía me encantaba, pues me ayudaba a preparar unos ricos buñuelos para la familia, con su api, como no podía faltar. Nos pusimos los mandiles y cocinábamos mientras ella me contaba chismes del barrio. En un momento fue al baño y no sé cómo se dio cuenta del pequeño altar que tenía para mi Ekeko. Asustada, me dijo que debía ir a dejarlo al bosque lo más antes posible.
Yo quedé loca. ¿Cómo podía dejar al hombrecito que me estaba comenzando a dar todo? Ella se defendió eufórica, diciendo que el Ekeko era muy celoso y que seguramente le haría daño a mi esposo o a mi hija, además de llenarme de desgracias, pues nada en la vida era gratis y el Ekeko solía pedir precios muy altos a pagar. Yo le mentí, le dije que le creía y le prometí, a regañadientes, que al día siguiente lo botaría.
Por la noche mi madre se fue, no sin antes advertirme de nuevo que botara ese ente lo antes posible. Extrañamente, cuando se fue y volví a la sala donde seguía comiendo la familia, una taparaku apareció y voló por encima de nosotros, como un cuervo acechando a su presa. Mi hija, asustadísima, la sacó con una escoba, pero fue muy difícil. Ese día mi Ekeko no quiso fumar su cigarro.
Le pedí a mi madre que dejara de venir a mi casa con la excusa de que Miriam estaba muy resfriada. Llegué a un punto en el que ni yo misma me reconocía. Cada día tenía más dinero y todo gracias a mi pequeño hombrecito. A pesar de eso, no pararía hasta lograr mi casita por Sopocachi, por la cual tanto había ahorrado y esperado.
Veinticuatro de enero de nuevo, un día sin duda muy especial. No podía dejarlo pasar, así que ese día hice una ofrenda especial: llené todo su altar con dulces, inciensos, gaseosas y flores para poder pedirle mi casita. Ese día mi marido y mi niña decidieron ir a hacer las compras. Por la tarde los esperé horas. Ya eran las tres de la mañana y no volvían. Mi familia había desaparecido.
Llamé a la policía, pero como siempre, recién me dieron noticias al día siguiente: el minibús en el que iban se había volcado porque el conductor estaba ebrio. Los dos sentidos de mi vida estaban muertos.
No lo podía creer. Me sentía en una pesadilla de la cual estaba consciente de que no saldría. En ese momento recordé las palabras de mi madre que se repetían una y otra vez. Corrí hasta mi cuarto y vi la sonrisa de ese objeto maldito. Tiré el altar al piso con euforia y gritos, mientras se me consumía la lucidez.
Después de unas horas —minutos, segundos o lo que sea— escuché la puerta. Era un señor algo viejo que vino a dejarme unas llaves con una tarjeta. Las recibí sin preguntar nada y cerré la puerta. Eran las llaves de mi casa, mi añorada casa.
No estoy consciente de lo que pasó los siguientes días. En realidad, lo único de lo que estaba consciente era de que todo era gracias a ese Ekeko que me llenó de comodidades. ¿Pero a qué precio? Una vida sin sentido.
Me enterré en los vicios hasta no poder más y una tarde decidí algo muy importante: acabar con mi agonía, acabar con mi vida.
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