C1: BRUNO

Por: Dulvis Laura

Bruno despertó acongojado y con las patas adormecidas, profirió un gutural gruñido de enfado cuando un aire frío proveniente de otro hocico lo olfateó, se mantuvo alerta hasta que este se fue asustado por el olor metálico que desprendía su cuerpo, cerrando los ojos cansados suspiró mientras recordaba.

-Quiero este- infirió la esposa de aquél militar haciendo ojos de borrego a su esposo para que este la complaciera – Bien, denos a ese – concluyó el militar.

Recuerden cuidarlo bien por favor, si yo se los entrego es porque presentan un buen perfil, no tienen niños pequeños, tienen casa propia con un amplio patio para que el cachorro pueda crecer feliz, se los encargo muy bien y estaré llamándoles cada semana para seguir el control – Recomendó la mujer que había visto nacer a aquel indefenso pequeño que ignoraba su futuro.

Las primeras semanas todo era felicidad y nuevas experiencias para él, sus humanos siempre lo acariciaban, la mayor parte del tiempo lo tenían en brazos y se dirigían a él con la comanda de “Bruno”, le compraron una casa de madera y se la instalaron en el patio, aunque por las noches sentía un poco de frío el corazón de Bruno se sentía reconfortante al despertar cada mañana con las voces de sus humanos a los que ya se había acostumbrado en tan poco tiempo.

Con cada día que pasaba a Bruno se le ensanchaban las patas y el hocico se le alargaba al igual que la cola, el inevitable crecimiento se apoderaba de él y con ello cambios que jamás imaginó en su corta perruna vida. Cada vez lo regañaban más y un día sacaron su casita de madera fuera de la gran casa donde vivían junto a su plato de comida, la primera noche arañó y ladró con todas sus fuerzas hasta que la vecina del lado salió furiosa y le echó agua fría para que se callase; Bruno asustado y sin entender el porqué esa humana había hecho eso salió disparado hacia la vuelta de la esquina, sacudió su todavía mediano cuerpo tratando de quitar el agua que le llegó hasta la piel mientras veía a esa humana sacudiendo su mano con dirección hacia él, de repente el instinto de peligro lo hizo girar bruscamente y se topó con unos filosos ojos desafiantes, con las orejas retraídas por el peligro que sentía se inclinó para que aquel perro desconocido lo olfateara, pensó que todo estaría bien hasta que sintió un agudo dolor cerca a su pata derecha, gritó de dolor, y a eso se sumaron más dientes y más patas, su grito era inconsolable tendido y revolcándose en el suelo mientras lo atacaban en cuestión de segundos atinó a correr con todas sus fuerzas sin rumbo fijo, corrió y corrió hasta sacar jadear, al detener su paso y mirando hacia todas las direcciones ningún olor le resultó familiar, jadeante llegó a una esquina, en donde se acurrucó temeroso y se dispuso a dormir.

- ¡Shh! ¡shhh! ¡fuera perro mugroso! – le despertó un golpe en el cuello y la voz ronca de un humano gordo y despeinado – Bruno agachando la cabeza trotó hacia otro lado, caminó olfateando las paredes por media hora hasta toparse con otro perro, llevado por el recuerdo de la última experiencia se puso en alerta para correr, pero se detuvo al ver revolotear la cola de aquel acompañante, Bruno lo imitó y juntos emprendieron un camino juntos, su acompañante tenía el pelo color café, el hocico yacía blanco por su edad, los ojos un tanto cansados y tenía las marcas de unos dientes en lo que le quedaba de su oreja izquierda.

Pasaron veranos, otoños, primaveras e inviernos, Bruno perdió la cuenta que nunca llevó de su vida; él y su nuevo amigo se habían vuelto inseparables y eran todo lo que tenían en el mundo ahora, por las noches dormían en las tarimas de algún mercado y por el día iban en busca de comida, les gustaba pararse en el ingreso de algún lugar de venta de comida y mover la cola a los humanos para que alguno se compadezca de ellos y les regalen sus sobras o alguno que otro hueso, siempre les funcionaba aunque algunas veces se llevaban unos buenos golpes, por las tardes iban a perseguir palomas a los parques y se metían en algún pleito callejero que implicaba algunos perrunos, sus incontables cicatrices lo decían todo, Bruno se había vuelto grande y fuerte, en cambio su amigo conforme pasaba los días se veía más débil y cansado, no tenía tan buena visión y caminaba más lento, pero eso no les impedía tener muchas aventuras juntos.

Era una mañana más cualquiera cuando Bruno despertó debajo de aquellas sucias pero cálidas tarimas y como siempre buscó a su amigo pero no lo olfateó por ningún lado, salió hacia el exterior y atisbó un rastro de su olor, olfateando el suelo se dejó guiar hasta donde el aroma de su amigo lo lleve, entonces lo vio estaba siendo perseguido por un humano barbudo con un palo en la mano, su amigo corría con las pocas fuerzas que tenía hacia una ancha avenida, Bruno entendió lo que ocurría y salto en defensa de su amigo hacia al humano que estaba ya por alcanzarlo y le agarró con los dientes la tela del pantalón, el humano enfurecido le propició un fuerte golpe con el palo que alcanzo uno de los ojos de Bruno, el cuadrúpedo no se detuvo y con la vista nublada corrió siguiendo el aroma de su amigo, de repente sus reflejos lo hicieron frenar en seco tarde ya, un duro objeto impactó contra su cuerpo, en cuestión de segundos vio el cielo girar, el sonido de una llantas rechinar y todos sus huesos quebrándose dolorosamente, apenas le volvía la visión cuando todo el ruido se detuvo, parpadeó unas cuantas veces más con la respiración cortante antes de que recordara esas suaves caricias de aquellos humanos, su cálida casa que fue suya por aquél corto tiempo y por último la agitada cola que movía su amigo cada vez que lo veía, cerró los ojos junto a un suspiro, después de mucho por fin pudo descansar tendido en aquel pavimento frío y húmedo

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